Diez dias que vivo en Ipitacito del Monte, una comunidad del Chaco boliviano; mi jornada està dentro del ritmo luz-obscuridad: luz intensisima, obscuridad absoluta.

5.30 de la manana: desde un tanque llevo un poco de agua para un café; despues voy arriba del andamio. Va a impezar mi undecima jornada de trabajo; Juan, diez anos, monta a pelo un mulo, està llevando los animales a beber a lo atajado de la comunidad (alrededor de tres kilometros desde el centro de la comunidad). Una fila de mujeres llevando ollas con dibujos antiguos me comunica que son las siete de la manana: ellas tambien, a pies, estan iendo a recoger agua. En su ida, con las ollas vacias, tardano un poco a mirar la fachada de su iglesia que se anima de signos y colores; hablan entre ellas, se rien,saludan.

Maria es joven: con su sonrisa de dientes me pregunta si las pequenas cruzes sobre la parte isquierda del mural son las de los proprios muertos, u son tal vez avionetas?

8.30  de la manana: llegan los chicos, Ovidio Pedro JuanCarlos José Jorge, dentro catorse y diecisiete anos de edad; son diez dias que trabajamos juntos para este mural. Con el desarollo del dibujo y la pintura espressan satisfaccìon.

10  de la manana: la calura ya es muy fuerte, estamos trabajando en compania de una multitud de avispas que, por la sequia de estos dias, viene a tomar agua de nuestras manos, mojadas de agua colorada. JuanCarlos està abajo con Pedro para tomar las medidas desde el boceto y grita para dicirnos que estamos hacia arriba del andamio. Esta pintura abstracta que està creciendo en el muro parece que no crea ningun trastorno: fantastican, inventan iterpretaciones, como si una antigua memoria los llevase tranquilamente dentro estos tipos de signos.

12 de la tarde: el alcalde de la comunidad, a caballo, regresa del campo; hoy dia saluda con “olà amigo”, que llega finalmente despues de un desdenoso y ironico “olà gringo” y un respectable “buen dia senor”. Decendo del andamio y voy a la casa de la familia de Ovidio, donde almuerzo y ceno con un plato de arroz. Solito estoy sentado a esta mesa como huespede, mientras tanto toda la familia està comiendo afuera bajo un techo de canas.

Arriba de los pobres muros (esta casa es una de las pocas que tiene algo de revoque) estan dos diplomas escolares; el piso es de tierra.

Una de la tarde: estamos nuevamente trabajando, a pesar de la calura que ahora es insoportable; tenemos que respectar el programa. Pero el trabajo anda con alegria: es increible la carga de alegria que queda en esta gente, como increible es cuanto se comunica entre todos.

5 de la tarde: bajamos todos del andamio porquè a esta hora hay el contacto telefonico con la comunidad de Tatarenda ( es poco tiempo que funciona un sistema  un poco rudimental, pero efficaz, de telefono hecho con linea en hilo de hierro. Este sistema junta todas las comunidades con el hospital, que se encuentra en el centro del area.): asì, entre una comunicacion urgente y la otra, escucho que hablan de esta pintura.

6.30 de la tarde: està casi obscuro; preparamos nel balde el color para el trabajo de manana.

8 de la noche: mientras, a la luz de una vela, estoy escribiendo este diario, llega Ovidio para visitarme. Mira en la mesa una acuarela con el retrato de el y su boca se abre a una grande sonrisa; dico a el que puede saccarlo. Por media hora hablamos y sobre todo el me pregunta, de mi, del lugar donde vivo, de la gente con quien vivo, de los arboles, de los animales y del tiempo que necesìta para llegar desde allì a aquì.

Ipitacito del Monte, 23 de Octubre 1988                                         Mimmo Roselli